“Con Faldas y a lo Loco”, cumple medio siglo haciendo reír

Existen, por suerte para todos, una serie de comedias que la factoría del denostado Hollywood creóhace ya varias décadas que, hoy en día, aún son capaces de arrancarnos una sonrisa por muy malo que haya sido nuestro día. Películas como, “La Fiera de mi Niña”, “Ser o no Ser”, “Luna Nueva” o “Full Monty”, no envejecen nunca y cumplen su función como el primer día.

Es el caso también de “Con Faldas y a lo Loco”, que anda celebrando estos días su medio siglo de existencia. Un formidable guión de Billy Wilder y de I.A.L Diamond (un hombre al que todos los amantes del cine deberíamos rendirle homenaje) fue perfectamente trasladado a la gran pantalla por el propio Wilder.

Y no fue sencillo convencer a los grandes estudios de que la cinta iba a ser un éxito: lo disparatado del guión, el hecho de que los actores protagonistas se pasaran la mitad del metraje vestidos de mujer y de que uno de ellos incluso mantuviera una “relación” con otro hombre, no hacía que los siempre conservadores ejecutivos de los estudios la vieran como una apuesta fiable.

Por suerte, tras el rechazo de David O. Selznick, la Metro acepto producirla y así comenzó la leyenda. El argumento es de sobras conocido (y quien no lo conozca, por favor, que acuda a verla cuanto antes): dos músicos del montón, que se alquilan para completar orquestas de baile, son testigos de la célebre “Matanza de San Valentín”, en la que dos bandas de gángsters saldaban viejas cuentas. Ante el peligro que corren ambos de acabar en el Hudson con unos zapatos de cemento (a la mafia no le acaba de gustar dejar testigos vivos), deciden disfrazarse de mujer y largarse con una orquesta femenina a realizar una gira.

Para los papeles principales, Wilder contó con los casi desconocidos Jack Lemmon (uno de los más grandes) y Tony Curtis. Se pudo permitir el lujo de no contratar a estrellas porque el filme ya contaba con una, Marilyn Monroe. Y, el acierto fue total. Tanto Lemmon, la parte más cómica de la pareja, como Curtis, el seductor que no puede evitar acabar enamorado de Monroe, bordan sus papeles. E igualmente lo hace Marilyn, muchas veces ninguneada por los críticos pero que siempre cumplía con lo que tenía que hacer.

Al parecer, el rodaje no fue sencillo y todo por una causa: Marilyn. Sus problemas para memorizar los guiones, sus retrasos repetidos y ciertos problemas con su embarazo (en realidad, con su marido), hicieron que Wilder casi perdiera los nervios. De hecho, Curtis declaró (en un alarde de sinceridad) que “besar a Marilyn fue como besar a Hitler”. Sin duda, exageraba, pero ilustra el ambiente en el plató.

La película tuvo un éxito inmediato. Tanto que, después de algunos pases previos, Wilder tuvo que añadir algunas escenas porque el público se le hacía corta.

Lo cierto es que, 50 años después, se sigue haciendo corta, pero, tal y como finalizaba la historia, en una de las mejores réplica que se han escuchado, “nadie es perfecto”.

Aquí podéis ver la última escena de la película.

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