Crítica de “El Intercambio”: Clint, no nos dejes nunca

Algún día deberemos agradecerle al controvertido director de spaghetti-wester Sergio Leone aquel consejo que le dio a un joven Clint Eastwood cuando este se paseaba por el desierto almeriense labrándose una carrera: “no des un mal paso”. Tanto caso le hizo el actor que (aparte de llamar a su productora, precisamente, “Malpaso”) se ha convertido en uno de los directores más respetados desde hace ya bastantes años, con grandes éxitos de crítica y de público desde que rodara aquel “Bird”, para mi su despegue en la dirección.

Catalogado como el último clásico, no tanto por la edad como por su estilo, Eastwood nos acaba de regalar otra gran película, “El Intercambio”, en un año en el que también presentará “Gran Torino”. En “El Intercambio” (aunque quizás un escalón por debajo de “Mystic River” o “Sin Perdón”) volvemos a ver al director que sabe medir el ritmo adecuado para cada parte de la cinta, que es capaz de lograr que los actores den lo mejor de si mismo (que se lo pregunten a Morgan Freeman, nominado al Oscar cada vez que coincide con Eastwood) y dispuesto a no dar ningún margen a la sensiblería, ni siquiera cuando, como en esta cinta, la historia daba para despeñarse por el abismo de los llantos perpetuos.

Como ya sabréis, “El Intercambio” nos narra una historia, basada en hechos reales, que es capaz de dejar helado al más pintado. Una madre, soltera para más señas en una época en que eso constituía un estigma, descubre un día al volver del trabajo que su hijo ha desaparecido. Tras algunas semanas de infructuosa búsqueda, de repente la policía le entrega un niño del que afirman que es su hijo. Es de imaginar la locura que puede pasar por la cabeza de la mujer cuando, después de ilusionarse con el anuncio, se da cuenta de que el crío no es el suyo. Y, la desesperación en la que debe caer cuando el corrupto cuerpo de policía (preocupado por la imagen que podría darle ese error) la presiona de todas las maneras imaginables para convencerla de que es su vástago.

Como en “Mystic River”, Eastwood vuelve a mostrarnos la existencia de un mal que se ceba en los más desprotegidos: en este caso en los niños. Y, además, de un mal quizás menos visible, pero igualmente destructivo: el de un sistema cuyo único fin es perpetuarse, pasando por encima de todo y de todos si reparar en ningún límite moral.

El desarrollo de la cinta, con su presentación, nudo y desenlace, es casi perfecto (con alguna caída de ritmo al final, es cierto, pero perdonable), sobre todo en la parte central cuando Eastwood muestra su maestría mostrándonos tres o cuatro focos de atención simultaneos sin que, en ninguno de ellos, decaiga nuestra atención. Más bien al contrario, el espectador desea que vaya pasando de uno a otro rápidamente, con avidez de conocer el resultado.

En cuanto a los actores, mucho se ha hablado de interés de Angelina Jolie de trabajar con Eastwood y podemos decir que el resultado ha sido bastante bueno, llevando el peso de toda la película de una manera convincente y logrando que el espectador se identifique con su busqueda y con su desesperación. Junto a ella, un contenido (para él) John Malkovich, en el papel de un Pastor embarcado en una cruzada contra los desmanes de la policía y que será el único que la ayude. Michael Kelly, Jeffrey Donovan y Colm Feore completan un reparto muy bien compensado.

Por último, y esto Eastwood lo cuida mucho, la fotografía, algo envejecida, con una imagen que realmente nos lleva a la época en la que se desarrolla la historia y la música, una de las pasiones del director y que nos conduce suavemente, sin estridencias, por cada capítulo de esta película.

En definitiva, una cinta altamente recomendable, quizás no de las mejores (claro que tratándose de un tipo que ha rodado las cintas que ha rodado, eso sigue significando que está por encima del 90 % de los estrenos actuales), pero que hace que exclamemos: Clint, alégranos el día

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